Un líder que siempre resuelve los problemas puede estar debilitando a su equipo

Hay líderes que están orgullosos de ser indispensables.

Si aparece un problema, entran. Si alguien duda, deciden. Si un cliente se molesta, intervienen. Si el equipo se atora, destraban. Y como todo vuelve a caminar después de que ellos meten las manos, concluyen que están haciendo muy bien su trabajo.

No necesariamente.

A veces están resolviendo el problema de hoy mientras construyen el problema de mañana.

Imagina a un colaborador que llega con una situación complicada. Su jefe escucha durante treinta segundos, entiende el contexto y responde: “Haz esto, luego habla con esta persona y si no funciona, me dices”.

Problema resuelto.

Al día siguiente aparece otro.

Y vuelve a pasar lo mismo.

Después de algunos meses, el jefe comienza a preguntarse por qué su equipo no tiene iniciativa. Por qué nadie decide. Por qué todo escala. Por qué tiene que estar pendiente de veinte cosas que, en teoría, otras personas deberían poder resolver.

La respuesta puede ser incómoda: porque los entrenó para eso.

Cada vez que un líder responde demasiado rápido, le ahorra a otra persona el trabajo mental de analizar, comparar opciones, anticipar consecuencias y tomar una decisión.

Y claro que ayudar se siente bien. Además, es eficiente.

El líder suele tener más experiencia. Puede ver en cinco minutos lo que al colaborador le tomaría media hora. Así que interviene porque “para eso estoy”.

El problema es que desarrollar criterio toma tiempo. Y si cada vez que alguien está a punto de ejercitarlo aparece el jefe con la respuesta correcta, ese músculo nunca termina de crecer.

Peor aún, el equipo aprende una regla silenciosa: antes de asumir el riesgo de decidir, conviene preguntarle al jefe. Así la responsabilidad también sube por la escalera junto con el problema.

No estoy diciendo que un líder deba cruzarse de brazos mientras su equipo incendia la empresa en nombre del aprendizaje.

Hay decisiones que requieren intervención. Hay errores cuyo costo es demasiado alto. Hay momentos en los que la experiencia del responsable debe entrar de inmediato.

Pero no todos los problemas son esos problemas.

Muchas veces el colaborador no necesita una solución. Necesita una pregunta.

¿Qué opciones estás viendo?

¿Qué crees que está provocando esto?

¿Qué harías si yo no estuviera disponible?

¿Cuál es el riesgo de esa decisión?

¿Qué información te falta para decidir?

Ese tipo de preguntas puede parecer más lento al principio. Y lo es.

Pero dirigir personas no consiste en ganar cada carrera de cien metros. Consiste en construir un equipo que pueda seguir corriendo cuando tú no estás en la pista.

Un líder que siempre tiene la respuesta termina rodeado de personas que siempre tienen preguntas.

Y después se queja de que nadie piensa por sí mismo.

Si todo pasa por ti, quizá no tienes un equipo altamente dependiente porque “les falta iniciativa”. Quizá has creado una dinámica en la que pensar dejó de ser necesario.

Ayudar demasiado también puede impedir el desarrollo.

Tu trabajo como líder no es demostrar que sabes resolver más problemas que todos los demás.

Tu trabajo es conseguir que, con el tiempo, cada vez menos problemas necesiten llegar hasta ti.

LÍDERES CON CÓDIGO