Por alguna razón decidiste anotarte a La Curva
¿La Curva? ¿Pero qué demonios es La Curva?
Bueno, necesitaba un nombre para mi newsletter profesional, y ni modo de ponerle “La Newsletter de Olmo Axayacatl”. No es que crea que mi nombre carece de personalidad, pero necesitaba algo que fuese más fácil de identificar.
Te contaré por qué La Curva, y no la línea, el círculo o el cuadrado.
Era un día de marzo del 15. Caminaba por la vía del tren a la salida de Chapingo. Venía de comer con mi papá en La Espiga. Era un punto de inflexión en mi vida, pues llevaba 5 años de egresado de la carrera y aún no había puesto pie en un trabajo agrícola.
Como no veía para cuando mi titulación de carrera me metí a la maestría. Y como no veía para cuando mi titulación de maestría, empecé a dar clases. Entonces venía de 3 años como profesor y 2 años como director. Me encantaba dar clases, pero no aguanté a los padres de mis alumnos de preparatoria.
Renuncié en diciembre y me moví de Guanajuato a Chapingo. Alquilé un cuarto y me propuse ver que me deparaba la vida. Comía gracias a mi papá, aunque no estaba desempleado 100%, pues trabajaba en remoto para un blogger español, así que me ganaba algunos euros para pagar mi cuarto.
Pues llevaba enero y unos días de febrero en esa situación, y un buen amigo de la universidad me habló: “Olmo, hay algunas oportunidades de trabajo en Driscoll’s, la empresa de berries en la que trabajo. Hay posiciones abiertas en Zamora y en Los Reyes. Te las paso por si te interesa.”
Esto no surgió de la nada porque nos mensajeabamos de manera recurrente. Un día contaré la historia completa. Pero para efectos de este momento, apliqué a una vacante en Los Reyes, donde mi amigo estaba. Mandé mi CV y algunas semanas después me hablaron para una primera entrevista. Todo iría bien con mi hoja de vida que para ese día de marzo con el que empecé esta historia me volvieran a llamar. Me querían un par de días en Zamora y Los Reyes para una serie de entrevistas presenciales. La empresa corría con todos los gastos.
Eso sí, me advirtieron que iba con otra persona. Que viajaría, comería y estaría con ella, y que pues solo uno de los dos quedaría. A pesar de ello me envalentoné y me dije a mí mismo: “No me importa quién sea esa otra persona, no hay forma de que yo pierda”. Esta historia de competencia es maravillosa, pero será otro día.
Modestia aparte. Tengo que decir que hasta ese momento, en dos llamadas todo se me había hecho fácil. Bueno, no fácil, superfácil. Lo que me habían preguntado lo había respondido con una confianza total.
Pero entonces, para cerrar esa segunda llamada, justo cuando iba jugueteando a no perder el equilibrio en uno de los rieles de la vía del tren, la señorita amablemente me dijo:
“Bueno, una última pregunta que se me estaba pasando. ¿Cuánto quieres ganar?”
¡Pum! Me detuve en seco, perdí el equilibrio y caí a la grava. No fue aparatoso, pero debí haber hecho algún ruido, porque me preguntó al teléfono si estaba bien. Le dije que iba caminando por la vía del tren y que había pasado alguien más.
Esos segundos fueron oro para mí, porque me recompuse y puse mi mente a trabajar a toda marcha.
Una parte de mi cabeza decía: “¿Cómo es posible que te hayas preparada de manera excelente para aplicar a este puesto, y no hayas pensado en cuánto querías ganar?”
Porque sí. Estudié la empresa, los cultivos (bueno, con esto tengo una experiencia bochornosa, pero la dejo para otro día), temas técnicos de nutrición, riego, etc. Todo lo hice bien. ¿Qué debía responder? ¿Cuándo dinero era lo justo por eso puesto? ¿Y si le decía muy poco y luego me arrepentía? ¿Y si le decía mucho y eso me saca del juego?
Un día de estos te contaré cuánto le dije a la persona, y cómo fue que termine ganando el doble de lo que pedí.
Te cuento esta historia porque ese día, ese día empezó realmente MI CURVA DE APRENDIZAJE. Ese día supe que hacerlo casi todo bien no basta, que un simple detalle te puede cerrar una puerta que ya parecía abierta.
Ese día algo dentro de mí se encendió: La necesidad de prepararme para lo que sea que venga.
Porque cuántas y cuántas “cositas insignificantes” vemos todos los días que les cierran las puertas a los profesionales agrícolas.
No hablar inglés. Decir “es que yo soy así”. Incapacidad para pedir más información. No manejar estándar. No dominarte en los momentos difíciles. Hablar de más, hablar de menos, etc.
A ver, haber, ayber… No puedes aprenderlo absolutamente todo. No puedes prepararte para absolutamente todo. Siempre habrá cosas que se te escapen. Pero no me queda la menor duda que esto no puede detener tu curva de aprendizaje. Tengo la creencia de que cada día debes sumar algo, pues por muy pequeño o insignificante que parezca, el poder del efecto compuesto es innegable.
¿Efecto compuesto? Te lo explico así. Soy especialista en comunicación y marketing digital. Tengo webs, podcasts y he hecho uno y mil pininos en temas digitales. Sé de plataformas que hacen cosas maravillosas. Pero nunca estudié nada relacionado con esto. Nunca tomé un curso de más de 2 horas. Soy un autodidacta desde hace 16 años. Y casi siempre he tenido un trabajo a tiempo completo, por lo que esto ha sido por las tardes noches.
Pero desde hace 16 años, cada día y con muy pocas excepciones, he estudiado, leído, hecho, algo relacionado con el mundo digital por al menos 15 minutos. Multiplica 15 minutos diarios por 16 años. Tengo varias maestrías en comunicación y marketing digital, y no de teoría, de 100% práctica.
Pues bien. Eso es La Curva. Efecto compuesto.
Un correo diario que impulsa tu propia curva de aprendizaje. A veces más, a veces menos. A veces querrás darte de baja. A veces te darás de baja. A veces incluso regresarás por más. A veces les dirás a otros de mis correos. A veces quedarás bien en un reunión gracias a algo que te dije. A veces pondrás en práctica algo que te dije y te equivocarás. A veces me verás aunque no esté ahí.
A veces incluso maldecirás mi nombre a los cuatro vientos (inserta aquí escena apocalíptica de ti estando en la cima de una montaña, gritando al cielo… “¡Ooooooolmoooooooo, te odio!).
Lo entiendo y lo acepto. Si es el precio que tengo que pagar por encontrar personas a las que ayudar. Entonces lo pagaré.
Basta de historias. Te dejo con dos preguntas:
- ¿Dónde estás ahora mismo en tu vida? El Punto A o La Base
- ¿En dónde te gustaría estar en 5 años? El Punto B o La Cima
La distancia entre esos dos puntos no es una línea recta. Es una línea curva. Esa es la curva de aprendizaje que debes recorrer.
Y curiosamente. Por lo que sea que sea, nos encontramos en la Montaña. O yo te encontré o tú me encontraste. Y no venimos de la misma Base ni vamos a la misma Cima. Pero mientras tanto, avancemos juntos.
